Lo que la verdad esconde
La
historia de hoy comienza durante el confinamiento. Al igual que muchas otras
personas durante este periodo de tiempo, yo también me vi obligado a recurrir
al poder de las redes sociales para mitigar, de alguna manera, la soledad y el
aislamiento (tema sobre el que podemos hablar otro día largo y tendido). De
este modo me vi inmerso de nuevo en la única aplicación que todavía frecuento:
Tinder. No es que despierte grandes pasiones en mí o que me garantice “encuentros
fructíferos” (los encuentros que mejor germinan
son los de Grindr, eso lo sabemos todos), pero creo que si todavía se resiste a
ser desinstalada de mi teléfono es por esperanza (o porque simplemente es la
que menos rechazo me produce).
Para
los que no conozcáis este tipo de aplicaciones dejadme que os de un cursillo
acelerado. Básicamente todo se reduce a marcar los parámetros género,
preferencia sexual, edad y distancia. Pero, al igual que con otras miles de
cosas, la pandemia también trajo cambios a esta red. En este caso me refiero a
la opción de saltarse la distancia y marcar tu perfil como global para que personas de todo el planeta pudiesen ponerse en
contacto contigo.
De
esta forma fue como conocí a un chico australiano al que llamaré Huge Jackme. Huge era, en cierto modo,
mi prototipo ideal de hombre: rubio, ojos azules, sonrisa perfecta, manos
grandes y bonitas y, aún por encima, ascendencia germana (¡ay, lo que nos pone
a los latinos un buen vikingo! Grrr).
Pero nuestra conexión ¡iba más allá del nivel físico! Compartíamos un vínculo emocional:
era atento, cariñoso, divertido y, quizás lo más importante de todo, sabía
conversar (si dejamos a un lado el poco margen de tiempo que nos deja el hecho
de vivir en husos horarios tan diferentes, claro). Nuestro idilio fue de
película: él en Australia y yo en España. Si hubiésemos sido las Olsen, ya
habríamos tenido para el guion de una nueva película… ¡Al menos de este modo
podría haberle sacado partido al drama!
Antes
de que vayamos al meollo de la cuestión quiero dejar clara una cosa: he estado
en una relación a distancia y he salido lo suficientemente escaldado como para
saber que son muy complicadas de mantener (sí, lo siento, Hollywood os ha
mentido o como solemos decir en España: “emosido
engañado”). Dicho esto, también es necesario que sepáis que aunque pueda no
parecerlo -porque siempre estoy filosofando sobre las grandes preguntas de la
humanidad y me puedo llegar a poner muy místico (preguntadles a mis amigos)-,
en el fondo soy una persona con los pies en la tierra. Es decir, que si bien la
idea de tener un idilio amoroso con un aguerrido mocetón al otro lado del
océano me atrae (y mucho), soy lo suficientemente racional como para darme
cuenta de que eso es muy improbable que suceda y menos en un lapso de tres días
(que es el tiempo que duró este tórrido romance digno de Chris Hemsworth y Elsa
Pataki).
Pero
vayamos al grano. Todo iba fenomenal: hablábamos un rato por la mañana y otro
por la noche. Nos contábamos cómo nos había ido el día, hablábamos de nuestras
aficiones, nos componíamos poemas de amor en versos alejandrinos... (bueno,
tampoco tanto). Pero, de pronto y de una manera totalmente inesperada, llegó un
terrible mensaje: “Lo siento Kyoto pero lo tenemos que dejar”. ¡Mi gozo en un
pozo, señores! Y yo que ya estaba buscando el número de la J.Lo para que se
pusiese en plan organizadora de bodas… Y es que lo mío es de campeonato… Si me
pongo hasta podría batir el récord Guiness de la no-relación más corta de la
historia (y lo peor es que no es la primera vez que me pasa algo así). Como os
podréis imaginar la cara de atontado que se me quedó fue para enmarcar y yo, en
un alarde de cero dramatismo y madurez, decidí pagarle con la misma moneda y responderle con unos buenos 7
párrafos donde (en mi cabeza) pretendía dejarle claro que no estaba enfadado
sino decepcionado por todo el asunto. A ver, no me malentendáis: Huge estaba
bueno y todo eso, pero tampoco tanto… Lo que pasa es que me tocaba la moral que
hubiese sido él el más interesado en conectarnos en todas las redes sociales
(además de usar los apelativos cariñosos como babe o love cuando
hablábamos) para al momento siguiente soltarme la bomba de que “no sentía nada por mí”. No, señores.
Esto no se le hace a un escorpio sin esperar consecuencias.
Al
final, toda esta película me llevó a una interesante reflexión: nos escondemos
tras el refugio que nos ofrece la verdad
para tomarnos la libertad de ser deliberadamente crueles. Esto me quedó claro
cuando me dijo que yo era una persona maravillosa y que me merecía lo mejor del
mundo (¡claro que sí, guapi! ¡Porque yo lo valgo!), pero que debía ser lo más
honesto posible conmigo.
Miedo.
Que
sí, que yo soy una persona que valora muchísimo que la gente venga de frente y
que me diga lo que hay, pero me molesta mucho cuando se valen de una supuesta
verdad (“yo es que soy siempre 100% sincero/a”) para entrar a matar. No digo
que este fuese el caso, que conste, aunque sí que me hizo reflexionar sobre el
tema. La verdad y el tacto no están reñidos el uno con el otro… más bien al
contrario: se compatibilizan a la perfección. Otra cosa es que tengas el nivel
suficiente de confianza como para demostrar tu cariño a base de insultos
(sinceramente las mejores amistades se basan en eso y en una buena dosis de
humor negro), pero, como para todas las cosas, para esto también hay un momento
adecuado.
Y es
que cuando alguien se vale de la verdad (la sinceridad) para hacer daño
explícitamente a otra persona por la que supuestamente se preocupa, es porque,
en realidad, no sus intenciones son de todo menos bonitas. Si eso, hacen
patentes todos los elementos que intentan tapar: envidia, sentimientos de
inferioridad, proyección de los propios complejos...
En
resumen, queridos amigos y amigas, si algún día os topáis con alguien que
funcione bajo estas premisas (ya sea a nivel amistad o amoroso), os recomiendo
que pongáis toda la tierra de por medio que podáis. ¡Me lo agradeceréis!
– Mr. Kyoto
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