Diario de una fangirl - II

 

Que tu sobrina te diga que está enamorada de tu grupo favorito de la adolescencia es casi una llamada a gritos para que desempolves tus viejos CDs y despiertes esos recuerdos de un concierto, allá por el 2017.

El saber que era su gira de despedida no nos había dejado otra opción: era nuestra última oportunidad para verlos antes de que se separasen y no volviesen a pisar nunca más un escenario. Hacía ya nueve años que no venían a la Península y después de esos últimos treinta y cinco conciertos ya nadie podría volver a disfrutar de su música en directo. Estaba claro, no teníamos alternativa. Además, a pesar de los pocos lugares que tendrían la suerte de recibirlos por última vez, quiso el destino que uno de ellos fuese cerca de nuestra querida Galicia.

Las señales eran claras y la suerte nos lo estaba poniendo en bandeja. Hasta el karma nos sonreía después de todas esas veces que nos había jodido bien dejándonos sin entradas o buscando salas a miles de kilómetros. Si tenemos en cuenta todas esas fuerzas mayores, el destino, padre de todos, parecía estar escrito… y no en una hoja de papel sin más, sino en una piedra.

Así que compramos las entradas algo así como veinte milenios antes de la fecha y nos dispusimos a hacer un recopilatorio de todos los álbumes que repasaríamos en el coche durante el viaje de ida. Toda la ilusión del mundo escogiendo canciones para que después se te pegue una de las de ese disco que siempre ha sido el que menos has escuchado… o que el viaje de vuelta tenga reggaetón como banda sonora.

Aunque todo hay que decirlo, se sabe de sobras que el reggaetón es elección siempre de terceros en discordia. Y en casos como este, a menudo es consecuencia de llevarte al churri… porque a viajes como este ellos siempre están decididos a acompañarnos. Siempre. Un poco por ir contigo y ver cómo me brillan los ojos en el concierto de tu vida en una sala ridículamente pequeña de Oporto; un poco por esa única canción que le gusta y que es la más deprimente de todas, pero que él canta como si fuese un hit de Ariana Grande; y otro poco bastante porque es el típico grupo con el que tu amiga y tú os iríais de fiesta si os los encontráis por la ciudad de noche... y él quiere que disfrutes, pero no tanto, ya sabes.

Pero hasta la amenaza de escuchar a Daddy Yankee durante todo el camino de regreso me daba igual. Porque era la gira de despedida… the last chance, mecagoenlaleche. Y cuando ya estás allí, haciendo cola a un par de horas de que empiece el concierto, agradeces no ser una de esas chicas desconsoladas que preguntan a todos los presentes si alguien tiene una entrada de sobra para vender. La mía ni la mires, aviso.

Los nervios cuando llega la hora y abren las puertas de la sala son indescriptibles. Y el latido del corazón cuando por fin apagan las luces y los ves aparecer en el escenario… son de otro mundo. Juro que en mi vida había saltado ni gritado tanto en un concierto.

Y es que además llegas a ese espectáculo de última gira esperando encontrártelos decepcionantes y consumidos por los años y los excesos. Pero cuando los focos se posan en él te sale del alma un “¡tía, pero que sigue siendo guapo! ¡Y sigue cantando bien, joder!”. Y es que da igual que su sonrisa revele algún estado de embriaguez preocupante, porque, ¡qué coño! Tu amor platónico de la adolescencia está cantando para ti y se acabó. Porque sí, en esos momentos tienes clarísimo que te está mirando a ti y solo a ti. Está ahí, a dos metros, aunque sepas que no ve nada porque los focos le deslumbran y probablemente tenga la vista perdida mientras intenta recordar la letra de sus propias canciones. Pero no importa. Porque lo importante es que parece que te mira. Y punto.

Ya la hemos jodido. “A mí ya se me había pasado esa obsesión psicópata… ¿y ahora qué?”

Que toquen tu canción favorita y la cantes… ¡no! ¡La grites! Con la garganta a punto de romper mientras piensas “joder, ya puedo morir en paz”. O ver a un baterista que todavía conserva la ilusión y fotografía al público mientras sus compañeros ya han abandonado el escenario corriendo, cansados y ansiosos de ver lo que les espera en el backstage. Esas cosas son impagables (salvo por la pasta del viaje, el apartamento, la gasolina, la comida…)

Y yo que era de las que pensaba que los conciertos estaban sobrevalorados… había ido a infinidad de ellos y los había disfrutado como si el mundo se fuese a terminar a la mañana siguiente, pero no creía en esa emoción tonta de la que hablaban. Esa emoción de ver a tu grupo favorito en escena, de escucharlos en directo. De saltar hasta quedarte sin suelas en los tenis. Porque que tu app de ejercicio del móvil registre un nuevo récord de pasos después de todo lo que has saltado y pateado ese día es imborrable. De tu memoria… porque mi móvil está formateado.

Y fíjate. Resulta que volví de Oporto como una fangirl pirada. Escuchando de nuevo durante meses todos esos discos que había sustituido por una decena de canciones en mi reproductor mp3 que estaba convencida de que eran suficientes para disfrutar su música de vez en cuando. Reviviendo a esa niña de quince años que llenaba la habitación con posters de la banda y que babeaba pensando “no puede existir una voz más irresistible en este mundo”.

Al final lo resumo todo en un concierto que marcó un antes y un después en mi manera de disfrutar la música en directo (y eso que siempre la había disfrutado… de más). En una noche adornada con copas llenas, llenísimas de azúcar, alcohol del malo y calles que son mercadillos de artesanía de día y el centro de la fiesta de noche. Y es que qué manía lo del azúcar, ¿no? Y esas canciones de los 90, como “María” de Ricky Martin, que resultan ser la inexplicable moda del país vecino.

Y el sanseacabó llegó con un día postconcierto devorando francesinhas después de haber visitado la ciudad. Esos son recuerdos que merece la pena desempolvar, sin duda.

Ojalá pudiese llevar a mi sobrina a un concierto suyo… sin el alcohol ni el azúcar, por supuesto.

Pena que haya sido su gira de despedida.

 

– Luciernagueando

 

 
 
 

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