Víctimas del Branding
Oye, y eso del personal branding que se puso tan de moda allá por el 2010… ¿sigue existiendo? ¿Es tan importante como dicen? ¿Sirve para algo? ¿Se come?
Ojalá se pudiera comer en muchos casos, para que desapareciera tan rápido como una pizza en una fiesta de jueves noche pre-pandemia.
Antes de nada, aclaremos esta jerga de las social networks y definamos exactamente qué es eso del personal branding… porque ahora todos somos muy modernos, ¿verdad? Y al final nadie se entera ni de qué estamos hablando. Cómo me gusta ir a esas conferencias en las que la mitad de los términos son extranjerismos innecesarios…
Partamos de la base de que estos dos palabros no tienen una traducción literal en el español. El personal branding no deja de ser algo tan sencillo y a la vez tan complicado como el proceso de gestión de nuestra marca personal, una rama muy específica y puñetera del marketing.
¿Y tan importante es gestionar nuestra marca personal como para que ese dichoso branding siga en boca de todos?
A día de hoy me sigo encontrando con gente que me dice que no tiene marca personal, que eso es solo para los freelance. Ay, estos millenials…
Pues déjame decirte, querido amigo funcionario que lleva diez años en el mismo puesto, que tú también tienes marca personal. Y de hecho, esos diez años de antigüedad pueden convertirse en un futuro valioso aliado de esa marca personal si algún día te invade la idea loca de cambiar de trabajo en este mercado laboral tormentoso en el que intentamos navegar.
Todos estamos creando una marca personal desde el momento en que definimos unos objetivos respecto a los sectores en los que queremos llevar a cabo nuestra actividad profesional. Cuando creamos nuestro primer currículum y lo adornamos con cualidades y competencias transversales, estamos estableciendo la base de nuestro personal branding.
¿Y esa marca personal hace aparición solamente en lo que es estrictamente laboral? ¿Solo mi currículum habla de ella? Pues lamento deciros que no, corazones. ¿Y sabéis por culpa de quién? Por culpa de Mark Zuckerberg.
En Internet lo personal y lo profesional se mezcla peligrosamente. Internet es esa amiga cruel que sube las fotos de tu perfil malo a Instagram. Esa amiga que hace que tu futuro jefe se convierta en “el señor que casi te contrata antes de haber tecleado tu nombre en Google y haber encontrado esas fotos del último sábado noche”.
Nos hemos vuelto tan locos últimamente con tanta red social que ya ni analizamos lo que publicamos. Cargamos las fotos de la galería de nuestro móvil sin pensar en quién va a tener acceso a ellas. Pensadlo de esta manera: ¿imprimirías todas esas fotos para un álbum familiar? ¿No? Pues nada más que añadir, señoría.
El personal branding actúa desde la premisa de que un individuo puede ser considerado una marca, al igual que una empresa. Los expertos en marketing hablan de él como una herramienta que nos permite diferenciarnos de los demás, vender nuestras fortalezas frente a la competencia. Aprovecharnos de esa marca personal puede ayudarnos a abrir muchas puertas si queremos trabajar en ella.
Pero… ¿y si no queremos? ¿Y si decimos que me planto, que cierro, que dimito?
Pues, queridos míos… os diré que no vale. Que aunque no queráis, todos estáis montando pieza a pieza vuestra marca personal. Consciente o inconscientemente, estamos creando minuto a minuto nuestra propia publicidad en las redes sociales. Estamos contando nuestra historia, escribiéndola de una manera determinada, con nuestro propio lenguaje y un estilo narrativo único… y podría terminar no siendo un best seller, precisamente. Sino un libro que termina revendido por menos de dos euros en las tiendas de segunda mano.
Tu marca personal es ese álbum de fotos de tus borracheras en Facebook, tus hermanos, tíos y primos reconocidos en el apartado de “Información” y tus retweets de ese político que tanto te gusta.
Sigo dando cursillos de orientación en los que me gano a pulso el título de “profesora cojonera” por repetir mil veces que pongan en privado el acceso a sus redes sociales… porque he visto ya de todo. Y pido, y pido y no dejo de pedir que publiquen con cabeza, que Internet no olvida. Todos dejamos una huella en la red. Una huella que se queda aunque dejemos de estar activos. No se borra. No es como la arena de la playa, es más bien como cemento.
Así que partiendo de la premisa de que somos como Coca-Cola (o Pepsi, para quien le guste más), debemos decidir qué mensaje queremos transmitir, qué van a percibir los demás sobre nosotros y ser conscientes de que es algo que en muchas ocasiones no podremos borrar ni arreglar. Qué huella queremos que quede en ese cemento. Porque una marca personal descuidada podría fastidiar a base de bien la imagen que tratamos de proyectar hacia los demás.
No hablo de convertirnos en expertos en marketing, solo hablo de no pisotear y quemar nuestra reputación en Internet… algo que se puede conseguir en tan solo una imagen o en 140 caracteres (para los twitteros).
Solo quiero que seamos conscientes de lo que escribimos en esa historia que narramos en nuestras redes sociales. Que se convierta en un top ventas de categoría, con todos sus puntos y aparte, sus comas, sus tildes y sus normas gramaticales.
Aquellos que te siguen en Instagram o en Twitter se están creando una imagen de ti. Las fotos de tu muro están firmando tu reputación y, en muchos casos, Dios quiera que uno de tus seguidores no sea tu futuro jefe… o incluso tu futuro suegro.
Así que sí, al subir cuatro stories seguidos a Instagram estás gestionando tu marca personal. Consciente o inconscientemente, de manera adecuada o errónea… y quieras hacerlo o no.
“En mis redes publico lo que quiero”, dirán algunos, “y a quien no le guste, que no me siga”. ¡Por supuesto! Y lo aplaudo. Soy fan de que cada perfil en las redes sea único y que no parezcan fotocopias del influencer de turno. Pero no pierdas de vista la idea de que tus redes no dejan de ser un escaparate en los que la gente solo ve la prenda que está en el maniquí cuando pasan por delante de él. Y es gente que puede entrar a echar un ojo al resto de la colección, o no. Todo depende de si tú quieres que lo hagan o si prefieres cerrar la tienda a un montón de gente que se hará una idea preconcebida del estilo que encontrará dentro. Y cuando el objetivo es vender toda la tienda, quizás habrá que analizar un poco más lo que exponemos.
Párate un segundo a darte cuenta de que estás subiendo fotos sin ningún tipo de pudor ni filtros… y no me refiero al “Ludwig” o al “Venecia”, precisamente. Sino más bien al tipo de filtros que debería haber en nuestro cerebro para pensar que acabas de enviar un currículum cuyos datos de contacto coinciden con ese perfil de Facebook en el que has subido un vídeo de tu competición en velocidad para beber chupitos. O para frenarnos antes de subir una foto en plena pandemia en una reunión con veinte personas sin mascarilla. Porque convivientes, convivientes… no seréis.
Eh, que yo solo he venido aquí a soltar mi rollo. Que yo solo hablo de perfiles profesionales y de posibilidades de encontrar empleo. Solo hablo de un responsable de RRHH que verá tus fotos en Facebook si lo tienes en modo “público”. Y solo digo que no programes la bomba tú solito… tus fotos en bañador con el cubata, déjalo para tus amigos en un perfil que no lleve tu nombre y apellidos completos. Para tu futuro laboral, piensa un poco más en el puñetero branding.
Lo último que nos queda por ver es que Linkedin se use para ligar porque Tinder es ya muy mainstream.
Cuidado con los Gen Z, que los tiktokers vienen pisando fuerte.
– Luciernagueando

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