Diario de una fangirl - I


Madrid, 13 de mayo de 2019.

WiZink Center. Una cola que se puede medir en personas, metros y horas y la promesa de una velada viendo a Nick Carter tan cerca como para poder tirarle un sujetador con tu número de teléfono escrito.

¿Cómo iba a decir que no a algo tan tentador?

No había demasiado que pensar. Solamente teníamos que ser rápidas. Y mi amiga para eso es un hacha, porque mi suerte siempre quiere que me quede en la cola hasta que ya se han agotado las entradas de venta online. Pero ella ha nacido para esto. Ella está clavada delante de la pantalla a la hora en punto para darle a “comprar” y ser una de las primeras afortunadas que adquieren un par de entradas de las que se agotan en cuestión de minutos.

Yo era de esas que decían que eran más de Brian pero que en realidad son de querer a Nick en secreto. De las que conservan las cintas VHS con los videoclips y que siguieron comprando los discos cuando anunciaron su regreso. Y la que todavía seguía sin creerse que por fin iba a tener la oportunidad de ver a los Backstreet Boys… incluso cuando ya estaba en esa kilométrica cola de entrada al concierto. Incluso después de aquel “tía, - pausa dramática - tengo las entradas” de hacía unos siete meses.

Lo cierto es que nuestro viaje cumplía todos los requisitos para resultar desastroso, teniendo en cuenta esa pensión de cuarenta euros en el centro de Madrid pagada a medias y una ducha en la que no te atreverías a entrar si no es con chanclas. Pero ¿qué se le va a hacer? Si ya has invertido todo lo que había en tu cartera en la entrada y en esas terracitas pijas de la gran ciudad de la azotea de algún edificio de la Gran Vía. Porque el capricho del aperitivo más caro de tu vida mientras te tuestas y quemas bien los hombros al Sol no se puede dejar pasar.

Así que esa escapada adolescente tardía se resume en mucho calor, paseos interminables por el Retiro y que caiga un heladito al cuerpo cada dos bancos en los que te sientas a descansar. Que si una pulserita mona de recuerdo, trenes sin bocadillos en el bar y llevar pintas de turista en tu propio país. También alguna que otra actividad con hachas y un paseíto a destinos tabú a unos cincuenta kilómetros de Madrid que no pudieron ser. ¡Ah! Y restaurantes donde te cobran el agua a pesar de que la bebida estaba incluida en el menú. 

Sabía que hasta me costaría que mi churri me perdonase que no llevásemos ni dos semanas viviendo en nuestro nuevo nidito de amor y decidiese abandonarlo tres días para largarme a la capital. Pero ya puedo tachar de mi lista el haber gritado como una teenager en cuanto aparecieron en el escenario. Aunque estoy segura de que haber conseguido ver el culo de mi copa antes de que empezase todo el espectáculo me ayudó bastante a rejuvenecer diez años. Y es que qué subidón que canten todas esas canciones que quieres que canten.

Qué cansados se les ve de repetir las mismas coreografías y de esas incesantes propuestas de matrimonio. Pero qué bien sonríen cuando les toca coger el micro y avanzar al frente del escenario. Y cómo se les ve sufriendo debajo de los focos por culpa de esas chaquetas que quedan tan bien en pantalla. Ay, si esto hubiese sido hace veinte años no pararía de gritarles que se quitaran la camiseta… para que no pasen calor y tal…

Que la gente haga un corro a tu alrededor porque bailas con un preocupante exceso de efusividad te da una pista de que quizás os estáis pasando un poco “dándolo todo”. Pero con tal de que todos los móviles apuntasen al escenario en vez de a nosotras dos, estábamos conformes. Teníamos libertad para gritar “tía, pero qué bien cantan a capela” o “¿y qué canción es esa? Yo es que me quedé en el disco del 2005”. 

Cómo salió a relucir mi espíritu adolescente aquella noche al escuchar “All I have to give” no estuvo nada mal para alguien que todavía sigue a Nick Carter en Instagram. Y que todavía se piensa si sería coherente para su edad comprar las camisetas del grupo que hay a la venta de vez en cuando en Bershka. 

De hecho, mi yo de la infancia no podría estar más orgullosa de mí a mis casi 30 años. Porque todas esas penurias y pasar por todas las duchas infectas del mundo merecían la pena para poder ver a la boyband en directo. Eso es algo que está en la lista de “qué hacer antes de morir” de cualquier chiquilla de los 90. 

Cumplir sueños de esa niña de 7 años que no dejaba de bailar el “Everybody” debería ser algo obligatorio para cualquier persona que haya tenido cualquier ilusión en la vida. Grande o pequeña. Y yo ya he abierto la veda y no puedo dejar de escuchar a esa cría de mi interior que tiene tantas tareas pendientes. Ojalá lo siguiente sea Disneylandia…

I want it that way.


 – Luciernagueando






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