El arte de querer que te quieran sin atreverte a dejarte querer


No, no lo habéis leído mal. De eso va precisamente esta entrada: del arte que tienen algunas personas para desear sentir el amor en carne propia, pero sin abrirse lo suficiente al mundo como para permitir que otras personas penetren en esas murallas que han erigido en torno a sus corazones. Toda una paradoja de libro, ¿no creéis? Anhelar aquello que se teme y temer que ocurra lo que se desea.

Lo reconozco, no soy un experto en relaciones (y mucho menos en las heterosexuales) aunque muchos de los que me conocen suelen decir que tengo madera de consejero (he aquí otra paradoja). Puede que sea, quizás, porque cuando uno crece sofocado por el miedo a los insultos, a las palizas, al aislamiento o al ser señalado como diferente, se vuelve extremadamente observador. Lo suficiente como para ser capaz de descifrar el significado de todos aquellos gestos casi imperceptibles que forman parte del lenguaje corporal o lo bastante como para poder leer el verdadero significado de lo que uno dice y, especialmente, de lo que se calla.

Lo más curioso de todo esto es cómo comencé a reflexionar sobre este tema. Hace un par de días decidí regresar a Twitter después de haberme mantenido alejado de esa red social durante varios años (una ausencia sólo rota ocasionalmente para realizar pequeñas interacciones y para promocionar alguna cosa). Lo que descubrí, sin embargo, se puede resumir en un puñado de cosas: odio, superficialidad, envidia… y, sobre todo, mucha soledad.

El debate surgía a raíz de una famosa aplicación de contactos llamada Grindr. Para los que no estéis familiarizados con ella os bastará con saber que cuando digo que es una aplicación de contactos, en realidad me refiero a que está diseñada para conocer gente en el sentido bíblico. De hecho, la polémica comenzaba por una de las prácticas más recurrentes: el bombardeo inicial y no solicitado con las fotos del miembro viril de la persona que desea darse a conocer (vamos, lo que vulgarmente se conoce como fotopolla). El debate estaba bastante encendido y los argumentos de partidarios y detractores volaban cortando el aire como dagas afiladas. Y todo por la opinión de un usuario que venía a resumirse en esto: “los que afirman que buscan el amor y luego bloquean a una persona porque les ha enviado un nude, son en realidad unos hipócritas”.

¡BAM! La primera en la frente.

Ese comentario, como ya os he dicho, desató la indignación de los usuarios de la plataforma (y la mía también, ¿para qué mentir?). Pero luego, del mismo modo que tuve que hacer en todos los exámenes que realicé durante mi adolescencia, él también tuvo que justificar su respuesta: “No entienden que detrás de esa foto puede haber una persona genial que está deseando encontrar a alguien”.

Eso sí que me dejó desconcertado. Era la primera vez que lo analizaba desde ese punto de vista y, si os he de ser sincero, nada más hacerlo me invadió una extraña tristeza. Digo extraña porque no creo que la mayoría de las personas la lleguen a experimentar en su vida. Es la tristeza que nace de ser consciente de que existe una realidad en cierto modo dolorosa y del sentimiento de impotencia que se genera por no poder ayudar a todo el que se encuentra sumergido en ella. Aunque puede que simplemente sea que tenga complejo de salvador…

Todo esto me llevó a pensar en lo que os comentaba al inicio de este post: el arte de querer que te quieran sin atreverte a dejarte querer. Todo el mundo desea sentir amor en algún punto de su vida pero rechaza la dosis de dolor que éste conlleva. Al no aceptarlo, intentan sellar de otras formas las heridas que el amor (o su ausencia) les ha causado en lugar de abrazar el dolor y permitirle hacer su trabajo. Sí, habéis leído bien: su trabajo. El dolor tiene un propósito en la vida (al igual que toda emoción humana): permitirnos crecer, madurar y, en definitiva, ser mejores personas.

Huir de lo que sentimos (o tememos sentir) es un arte que hemos ido perfeccionando con el paso de los años. Sus resultados, sin embargo, creo que dejan mucho que desear: personas rotas, llenas de ira, de dolor y de miedo. Personas que no saben gestionar la frustración y el rechazo y, sobre todo, personas que se han vuelto incapaces de ver su propia valía. Quizás ha llegado la hora romper con estas cadenas que esta llamada hookup culture o la cultura del encuentro casual o de una sola noche ha impuesto y empecemos a preocuparnos por tratar de ver más allá de un cuerpo bonito, de bucear en las mentes de otras personas, de comprenderlas hasta ser capaces de amarlas por lo que han sido, lo que son y lo que pueden llegar a ser. Pero, sobre todo, quizás es la hora de aprender a ahondar en uno mismo y a quererse no más pero sí de una mejor manera. Quizás esto sea la verdadera clave para cambiar todo este sistema.

– Mr. Kyoto  






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