Metamorfosis


Urbanita: Persona que vive acomodada a los usos y costumbres de la ciudad.
Campesino: Persona que vive y trabaja de forma habitual en el campo.

Siempre se dice que no echas de menos las cosas hasta que no te faltan y la mayoría de veces es verdad, pero no siempre.

Tu vida está llena de un montón de ideas, pensamientos, costumbres, objetos varios que te rodean y te envuelven tanto que conscientemente pasan desapercibidos convirtiéndose en tu modo de ser.

De igual manera, desprecias o ignoras aquello que desconoces o que simplemente te queda lejos, sin ponerte a pensar que sucedería si en realidad estuviese a tu alcance.
¿Qué sé yo de todo esto? ¿Lo conozco? ¿Soy consciente de ello?

Pues sí.

Yo era una urbanita. Criada en una ciudad. De familia bien, de colegio de monjas y siempre vestida de domingo. De casa en la playa, amigos afines y veranos inolvidables. De niñez feliz, adolescencia loca, buena carrera y, tras un buen trabajo, la independencia.

Independencia con el dinero de papá, compartiendo un buen piso con una pareja  exactamente cortada por el mismo patrón.

Un piso en un edificio en el centro de la ciudad, con muchos vecinos alrededor que no conoces aunque coincidas con ellos en el ascensor. La compra en un supermercado, a poder ser uno muy grande donde haya de todo. Desde el estropajo de acero para rascar la leche quemada, hasta la bolsa de tomates para la ensalada… y ya de paso para comprar unos tenis nuevos para ir a caminar, que hay que mantenerse en forma.

Ir a cien por hora del trabajo a casa y de casa al trabajo buscando un hueco para caminar o correr por el asfalto o con un poco de suerte poder ir al gimnasio. Siempre la misma rutina, sin preguntas, pensando únicamente en el mes de vacaciones para poder hacer una escapada cada vez a un lugar diferente. ¡Hay que conocer mundo!

Todo controlado. Mi ciudad, mis aspiraciones, mis costumbres.

Pero un día sin darte cuenta, todo cambia.

– Cariño, he heredado una finca en Todorrastrojos de Arriba. Me la ha dejado mi tía Paca en herencia.
– ¡Qué bien, una finca! ¿Será muy grande?
– Si cariño, es muy grande.
– ¿Y está muy lejos Todorrastrojos?
– Pues no. Bastante cerca en coche.
– ¿Y se puede construir?
– No, eso me temo que no. Es rural y terreno de labradío únicamente.
– ¡Vaya! ¿Y ahora, qué? Habrá que limpiarla y atenderla… oye, mejor se vende, ¿no?
– Bueno, eso  tendremos que olvidarlo. No nos la compraría nadie, está en el medio del monte.
– ¿Y qué vamos a hacer? ¿Para qué la queremos?
– Bueno, iremos a verla y decidimos.
. . .
– ¡Hala! ¡Qué grande! Y tiene un manantial.
– Sí, aquí se han cultivado muchas cosas.
– ¿Y si plantamos algo?
– ¿Plantar? ¿Qué es eso?
– Pues es poner en la tierra una semilla y que salgan los frutos…
– ¡Ah! ¿Y qué podemos plantar nosotros?
– No sé… tomates, pimientos, lechugas… algo así.
– Ya… ¿y cómo se hace?
– Pues mira… le preguntamos a la tía Lela, que es labradora. Ella nos ayudará.

Sí, la tía Lela... La labradora que se convirtió en maestra y tutora de un par de lerdos que comenzaron enterrándose en la tierra con su ropa de marca.

– A ver filliño, hay que comprar botas de goma y guantes para no lastimar las manos. Y material para trabajar la tierra, canalizar bien el agua para poder regar, pasar el tractor para quitar la maleza y las raíces… ¿empezamos?

Y empezamos y probamos. Al principio con ganas de dejarlo a los diez minutos de habernos puesto la ropa adecuada. Luego, poco a poco, a medida que veíamos avances, aguantábamos un poquito más. Al final deseábamos que llegase el fin de semana para marcharnos a Todorrastrojos.

Pobre tía Lela. Nunca nos llegó a decir lo que pasó por su cabeza con cada una de nuestras preguntas, pero con solo mirarla a los ojos podíamos hacernos una idea.

Y es que después de limpiar, empezamos a plantar y no paraban de surgir preguntas y más preguntas.

“Tía, los agujeros están hechos, ¿cómo meto las tomateras?”
“Tía, ¿por qué en las plantas de los pimientos hay flores? ¿No debería haber pimientos?”
“¡Qué asco! En las lechugas hay unos bichos que saltan, ¿qué hago?”

Fue todo un proceso de aprendizaje. Llevó mucho tiempo, pero al final, nunca mejor dicho, dio sus frutos.

Ya hace unos cuantos años, fíjate… y parece que fue ayer. La urbanita se fue a cultivar un huerto y ha aprendido. 

No una… sino muchísimas cosas. No solo que los tomates no salen de las bolsas en el súper y que antes de salir el fruto en las plantas sale la flor y que a los insectos también les gustan las lechugas. Ha aprendido que hay vida fuera de las cuatro paredes de su edificio y que existen otras cosas tan gratificantes como irse de viaje a otra ciudad tan congestionada como la suya.

Que hay algo más allá del asfalto y la vida fácil y rutinaria que llevaba. Que ya no quiere ir al súper a comprar tomates o pimientos o berenjenas o repollo… porque los cultiva ella. Y qué rico está todo.

Hasta saluda a los vecinos en el ascensor y no corre por el asfalto ni va al gimnasio.

Aprovecha la ropa todo lo que puede y se la lleva a la finca. Y en el trabajo está pensando que cuando llegue san viernes no se irá para casa a vegetar, se irá a Todorrastrojos porque se lo pide el alma y el cuerpo.

¿Qué se echa entonces de menos cuando lo pierdes? Pues claro… aquello que realmente quieres. Aquello en lo que has puesto empeño. Que has aprendido por ti mismo. Lo que creías que jamás serías capaz de hacer o tener.

Eso es lo que echas de menos cuando no lo tienes.

No se puede decir nunca jamás, o de esta agua no beberé. Porque a poco que la vida te da la oportunidad. Y, si eres inteligente, sabrás aprovecharlo.


– LolaStop






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