Musubi (結び)
Últimamente,
cada vez que pienso en mí, me viene la misma imagen a la cabeza: una estación
de tren. Me veo en un inmenso vestíbulo cuyas salidas dan acceso a las vías.
Allí estoy, sin tener ni idea de qué tren coger o hacia dónde ir. Me mantengo
impertérrito en medio de una multitud que parece moverse a cámara rápida
dejando únicamente tras de sí la estela de su silueta, como las luces de un
coche en una fotografía de larga exposición. El murmullo constante de sus voces
se entremezcla hasta que se convierte en un sonido homogéneo muy similar al de
un diapasón. Lo curioso de la muchedumbre es que parece perfectamente
coordinada, casi coreografiada. Se mueve como el agua que fluye por un río en
calma, vadeando las rocas que se encuentran a su paso sin producir ninguna
turbulencia en la superficie.
Puede
que ésta parezca una visión llena de calma y serenidad pero viene acompañada de
cierta oscuridad; de un grito silencioso que me carcome por dentro. Una
angustia que se expande por mi pecho y ante la cual me siento impotente. Un
deseo irrefrenable de querer llorar o gritar. Lo que quiera que sea para que
alguno de esos fantasmas que danzan a mi alrededor reduzca su marcha lo suficiente
como para ver que yo también estoy presente.
Hace
tiempo que sospecho que lo que en realidad me pasa es que me siento solo. A
veces me resulta divertido porque lo analizo con frialdad y me veo a mi mismo
otra vez como si fuese un adolescente suspirando sin venir a cuento porque el
chico del que me he enamorado no sabe ni que existo. Supongo que el hecho de
que me sienta atraído por personas de mi mismo sexo también me ha condicionado
a pensar de cierta manera… En el fondo sigo siendo un niño inseguro que
necesita ser amado y que busca la aprobación de los demás.
Durante
una época llegué a imaginarme mi vida de adulto en una gran ciudad, trabajando
en una compañía medianamente importante y llegando a casa para ser recibido por
mi pareja con un gesto tan simple como un fuerte abrazo o un tierno beso en los
labios. La realidad, claro está, acabó por imponerse y reventó esa burbuja en
la que vivía.
Creedme,
vivir con los pies en la tierra no es malo; en muchos casos es necesario, pero
opino que el problema que subyace es, en realidad, la falta de conexión. Es
paradójico que aquello que más nos conecta es, a su vez, lo que más nos aleja
los unos de los otros… y si algo se ha hecho patente durante esta epidemia es
que quizás va siendo hora de que superemos ese miedo interno que nos fragmenta
el alma en dos pedazos: la parte que nos empuja a amar y la parte que teme ser
herida.
Al
final resulta que mi visión tiene algo de cierto: nos movemos a un ritmo tan
veloz que lo único que conseguimos cuando, por alguna razón, nos rozamos es que
salten chispas y eso nos deja en dos posibles finales: una explosión de odio o llama
fugaz de pasión. Lo único seguro es que ambas carecen de un mayor significado.
– Mr. Kyoto

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