Sonrisa
0,01 segundos.
Eso es lo que tarda nuestro
cerebro en mandarnos sonreír ante el estímulo apropiado. 0,01 segundos en los
que diecisiete músculos de nuestra cara, de boca y ojos principalmente, entran
en tensión enseñando nuestras perlas, como diría Dustin en la segunda temporada
de Stranger Things. Porque sí, solo cuando sonreímos de verdad es cuando se
muestran los dientes. Bueno… así y cuando los políticos hablan, que a sonreír
también se aprende.
Pero hablo de sonreír, sonreír,
con esa sonrisa que Duchenne bautizo como suya. Esa en la que intervienen la
contracción de los músculos cigomáticos mayor y menor para que la comisura de
los labios se eleve y el músculo orbicular cercano a los ojos, que hace
aparecer las arrugas cercanas a los ojos por el levantamiento de las mejillas.
Y esto solo ocurre mediante una emoción espontánea y genuina. Esa emoción que
hace que nuestros niveles de cortisol, la hormona del estrés, se reduzca, e
inmediatamente suban tanto la dopamina como las endorfinas. Nuestro cerebro se
oxigena y el sistema límbico se activa, ayudando a aumentar la memoria.
Pero me voy a dejar de
tecnicismos, por no darle la razón a Chapi, en que hago entradas muy metidas en
rollos científicos.
En realidad, hay estudios que
demuestran que a sonreír no se aprende, sino que se nace sabiendo. Si alguna
vez habéis tenido la oportunidad de ver una ecografía de una embarazada, habréis
visto que el bebé ya sonríe. Por eso es tan importante responder a las sonrisas
de los neonatos para asociar ese gesto, a la vez tan simple y complicado, con
un estado de felicidad sincera y pura. Y digo complicado porque a medida que la
edad avanza también lo hacen las connotaciones que una sonrisa acarrea.
Esa sonrisa tímida cuando te
cruzas con tu crush, que cambia a
sonrisa pícara por la noche cuando os encontráis en el garito de turno y que pronto
se convierte en una sonrisa vergonzosa cuando tu amigo dice más alto de lo que
él piensa: “te las quiere”. Esa sonrisa enamorada cuando llegas a casa y ves a
tu novia jugando a la Play, con un
lápiz aguantando el moño porque su intención era dibujar y no viciar… y te mira
con esa sonrisa de culpa que rápido pasa a sonrisa cómplice, y juntas estallan
en carcajada y vuelven a la sonrisa de Duchenne. Esa sonrisa confidente al
contarle ese gran secreto a tu mejor amigo o esa sonrisa triste al recordar a
los que ya no están. Esa sonrisa melancólica al sonar aquella vieja canción, y
esa sonrisa cariñosa que te recibe con el olor a comida de tu abuela.
Hay muchos tipos de sonrisas.
Diecinueve concretamente, una para cada emoción, para cada momento y cada
recuerdo. La sonrisa es la unidad mínima de comunicación, ya que en ocasiones
(más a menudo de lo que pensamos), con la sonrisa expresamos más y con más sinceridad
lo que queremos decir realmente con palabras.
Únicamente seis tipos de sonrisas
expresan sentimientos positivos. El resto, dolor, pena, vergüenza o
incomodidad; que, por supuesto, también son posibles emociones expresadas
mediante sonrisas.
Pero quedémonos con lo bueno. Su
efecto positivo. Y la mejor de las sonrisas: la de Duchenne. Sonrisa de pura
alegría y felicidad.
Porque ahora más que nunca, entre
caceroladas y aplausos, discusiones y reproches, fases y desfases, las sonrisas
son más necesarias que nunca. Sonreíd. A todos. La sonrisa es mucho más contagiosa
que el coronavirus, su efecto social es inmenso. Siempre estaremos más
dispuestos a rodearnos de gente sonriente que con personas que acaban de chupar
un limón. Cada sonrisa crea una reacción en cadena de sonrisas, entre amigos,
familiares, vecinos y desconocidos, porque nuestro cerebro está programado para
imitar ese tipo de reacciones.
Una sonrisa a la cajera del
supermercado le ayudará a aliviar el estrés de todo el día. Una sonrisa al camarero
de esa terraza repleta le hará llevar mejor lo que le queda de turno, con todo
ese ajetreo. Una sonrisa a tu hermano cuando va a entregar las notas con más
suspensos que aprobados a tus padres, le mostrara tu complicidad y apoyo. A tu
tía cuando te pregunta si te hace un bistec después de 3 platos de distintas
comidas, le sonreirás con esa sonrisa… que no sabrías ni definir para rehusar
ese filete que estaría tan rico con las albóndigas, la empanada o las croquetas
que te acabas de meter entre pecho y espalda. Esa sonrisa de culpa mientras
inventas una excusa por llegar tarde a esa pachanga con tus amigos que empezaba
hace veinte minutos, que ellos responden con sonrisas burlonas.
Todas y cada una de esas sonrisas
pasarán de tu cara a la cara de tus interlocutores. Algunas condescendientes,
algunas amables y otras por cumplir, pero todas se irán contagiando de tus
receptores a otras personas que se crucen en su camino, creando así una red de
sonrisas y felicidad. Porque asumámoslo: cuando hablamos de sonrisa, pensamos
en cosas alegres.
Espero sinceramente que al leer
esta entrada pongáis una de vuestras mejores sonrisas. Y que esta dure lo que
reste de día para poder contagiar a todas aquellas personas que nos rodean y
apreciamos. Y a los que no también, que también merecen una dosis de felicidad,
aunque no los conozcamos.
Y es que solo una persona a la
que de pequeño sus tíos y tías le llamaban cariñosamente “o payaso das Fontiñas”
por entrar siempre con su sonrisa desdentada por la puerta de casa de la
abuela, podía escribir sobre ella.
“Un día sin reír, es un día
perdido” – Charles Chaplin

Comentarios
Publicar un comentario