Necesitamos un epílogo


Qué difícil es no caer en un tema fácil, ¿verdad? Dejarse llevar por el monólogo comodín de estos días en los que vivimos una semilibertad que nos sigue ahogando un poquito.

Pero es que… ¡qué coño! Tampoco quiero no caer en él. Porque somos seres humanos y los cambios nos enseñan tantas cosas… demasiadas como para poder asimilarlas sin sentirnos abrumados de vez en cuando.

Y como buena humana que soy, no puedo evitar hablar, hablar y hablar hasta la saciedad de todos esos cambios que están trastocando nuestras vidas y de todas esas cosas que estamos aprendiendo durante esta etapa de confinamiento.

Hablar de que parecía que no, pero que uno aguanta en casa más de lo que esperaba. Y sin volverse tan loco, oye. O de que hemos llegado a apreciar el silencio de la calle, a oír sonidos que parecen de otros planetas y a escuchar a nuestros vecinos más que nunca. Y cómo gritan los condenados...

¿Os dais cuenta de que esta situación nos da la oportunidad perfecta de contar a nuestros futuros nietos un montón de historias que nadie creería? Contarles lo fácil que es tener miedo o lo confuso que es pelear con algo que no puedes ver, y recordar en medio del relato lo duro que es no poder ver a tu familia. No poder abrazarlos aunque estén solo a un par de calles de distancia. Echar de menos comer con ellos los domingos y esas eternas sobremesas en las que siempre hay alguien que tira el café encima del tablero del Catán.

Y es que este confinamiento nos ha revelado verdades despiadadas que podríamos pasar toda la vida ignorando. Como que las sobrinas adolescentes se aburren en las videollamadas familiares. O lo mal que limpias la casa normalmente porque “no tienes tiempo”. E incluso lo bien que sienta ver un par de series de cuatro temporadas en dos días sin tener ningún motivo que te obligue a levantarte del sofá.

Que a ver si aprendemos de una vez que no se llama “cuarentena”, sino “confinamiento”. Y que el reggaetón antiguo siempre vuelve. Siempre. O que fui muy tonta al no comprarme esa máquina de correr de oferta. Que a ella le gusta la gasolina y que TikTok va a resultar ser un estilo de vida… bueno, o no.

La importancia de la vitamina D del Sol. Los animes desconocidos. La Play, tu nueva mejor amiga. Lo bien que se nos da hacer memes de todo (aunque creo que eso ya lo sabíamos). Y que a ver qué haríamos si esto llega a pasar en los 90 sin Internet.

Que a veces nos cuesta identificar nuestros sentimientos y emociones. Hasta el punto de experimentar cosas que no sabíamos que podían estrujarnos toda esa parte de nuestro cuerpo que va desde el pecho o hasta las entrañas.

Que la palabra “solidaridad” no debe estar bien definida en el diccionario.

Aprender que es muy fácil enfadarte con tu churri después de 48 horas apretados en el mismo sofá. Porque situaciones como esta sacan lo peor de nosotros. Pero tu escuadrón del Fortnite tiene la solución con un “bote para los tacos”, que ya rebosa después de todas las blasfemias que soltáis cuando quedáis de segundas.

Que todavía queda gente buena en el mundo. Que hay héroes viviendo entre nosotros. Y que hay gente dispuesta a sacrificar sus horas de sueño por el bien común.

Que es una vergüenza que los letreros luminosos sigan encendidos dentro de centros comerciales vacíos. Que qué absurda es la necesidad repentina de tener que explicarte ante esas miradas acusadoras desde las ventanas de tus vecinos cuando vas a la farmacia a comprar Ibuprofeno para el dolor menstrual. Y que tu gato ya no te quiere más en casa.

Que pensábamos que esto solo pasaba en las películas. Y parece que se nos ha olvidado cómo era vivir y que hemos olvidado cómo caminar. Que nos vendría bien sacarnos un máster para aprender a mover las piernas y que necesitamos doctorado y medio para entender las fases de la desescalada o descifrar cada artículo del BOE. Y… que a ver si no nos quedamos sin playa, ¿o qué?

Lo cruel que resulta el hecho de que tener terraza no es un privilegio en Santiago, porque las cervezas a la lluvia no sientan bien. Que la desesperación convierte al más vago en atleta y al más descuidado en el perfecto cuidador de perros. Que la familia de Nobita el de Doraemon hacía bien en descalzarse en cuanto llegaban a casa. Y la de Shin Chan y el Ninja Hattori.

Y que Tinder nunca se frena… y la política tampoco.

Darte cuenta de que te acuerdas de todas las canciones de esas pelis que hay en Disney +. Siempre y cuando no te quedes dormido mientras las ves, porque hay que ver cómo cansa no hacer nada, con una siesta más ya pierdo la cuenta de las que llevo al día.

Y que podría estar hablando, hablando y hablando toda la vida de ese tema comodín de todos los días. Porque qué rápido y qué lento pasa el tiempo cuando todas las semanas son iguales. Algunos incluso han experimentado en menos de dos meses sentimientos que puede que no desaparezcan ni en dos años. Y podrían hablar, hablar y hablar de ello hasta la próxima década.

Pero prefiero dejar abierta esta lista de cosas que estamos aprendiendo. Este imperfecto prólogo, un poco acelerado y desde luego nada sofisticado, de las historias para nuestros futuros nietos. Porque, como a todos, todavía no me queda claro si puedo ni cómo le pondré el broche final a este relato inacabado.

Porque qué fácil es no hablar de lo más difícil, ¿verdad?



– Luciernagueando







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